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Cada maestrillo tiene su librillo

En todo proceso de aprendizaje adquiere una importancia capital la figura del maestro. Como suele decirse, nadie nace enseñado. Y tampoco todo puede aprenderse a base de lecturas. El nacer con un don no implica que no debamos fijarnos en quienes nos antecedieron. Ningún arte brota de la nada. Ninguna maestría se alcanza sin haber estudiado a los maestros que, antes que nosotros, lo fueron.

Picasso fue un genio, sí; pero para pintar tuvo que mirar lo que otros pintores habían hecho antes que él. Ciertas esculturas suyas no existirían si no hubiera dedicado muchas horas de su vida a contemplar y a estudiar el arte de las tribus africanas. Sus geniales “meninas”, por ejemplo, no dejan de ser una evolución de aquellas sirvientas de una Infanta de España que unos siglos antes había pintado Velázquez en el que es, seguramente, su cuadro más famoso. Y lo mismo sirve para otras artes. Fijémonos, por ejemplo, en la arquitectura. Nadie proyectará una cúpula sin conocer los trabajos de Miguel Ángel, de Brunelleschi o de sir Christopher Wren, autores, respectivamente, de las cúpulas de San Pedro del Vaticano, de la florentina Santa María de las Flores o de la londinense catedral de San Pablo. Ningún arquitecto hará una cúpula sin haber estudiado antes qué prodigios arquitectónicos permiten que resista el paso de los siglos una maravilla como la cúpula del Panteón de Agripa (Roma).

Todo arte, pues, tiene unos maestros. Y serán los alumnos quienes deban fijarse en esos maestros para intentar alcanzar su maestría y, en algunos casos, para superarla. Esta máxima, que sirve para la pintura, la arquitectura, la escultura, el cine, la literatura, la medicina, la ciencia, la física, la química, etc., sirve también para ese arte tan particular que es el arte de la seducción. Más allá de lo innato, más allá de lo que pueda aprenderse en los libros, el aprendiz de seductor debe fijar su mirada en los maestros de la seducción y aprender de ellos todo lo que sea “apreHendible”. Aprender y aprehender de esos maestros de la seducción sus trucos y consejos puede resultar fundamental para que un aspirante a seductor se convierta, primero, en un seductor y, después, en un maestro de seducción.

Veamos quiénes han sido algunos de los más reputados maestros de seducción a lo largo de la historia.

Casanova, el gran maestro

Sin duda alguna, hay un nombre que, de manera indisoluble, va a atado al concepto de conquistador, y ese nombre es el del veneciano Giacomo Casanova. 132 conquistas avalan el currículum de este maestro de la seducción a quien ya dedicamos en su momento un post para incitar a la lectura de sus memorias.

La gran enseñanza de Casanova como maestro de seducción es que no sólo el dinero, el poder o la belleza pueden convertir a un hombre en un auténtico seductor. Y el ejemplo de su propia vida servía para demostrarlo. Ni aristócrata ni bello, Casanova se sirvió de otras armas para convertirse en uno de los grandes maestros de seducción de la Historia.

Entre los consejos proporcionados por este inmortal maestro de la seducción podemos encontrar los siguientes:

  • Eludir a las mujeres deprimidas o tristes. El famoso conquistador veneciano debía pensar que una mujer deprimida o triste puede acabar ocasionando un notable desgaste psicológico
  • Mostrarse siempre como una persona tolerante.
  • Echar mano a las exquisiteces alimentarias para seducir a una mujer. Invitarla a una buena comida puede ser un magnífico medio para seducir a una mujer.
  • Tener cuidado con el consumo de alcohol. Un puntito está bien, puede servir para desprendernos de ese poquito de timidez que nos impide dar el primer paso. Excederse en el consumo de alcohol, sin embargo, dificulta o, en la mayoría de los casos, imposibilita que la tentativa de seducción llegue a buen puerto.
  • No mostrar en exceso a una mujer reticente la excitación que nos causa. La demostración de esa excitación no nos servirá para conquistarla.

Finalmente, el gran conquistador que fue Casanova dejó un consejo que sólo podía dar un viejo zorro como él: “Para que una mujer te ame después de haberla abandonado”, dijo, “cédesela a otro, fingiendo sacrificarte”. No sabemos si Rick Blaine había leído las memorias de Casanova. Lo que sí sabemos (o, al menos, intuimos) es que Ilsa Lund tomó el avión para Lisboa llevándose de Casablanca un amor que habría de durarle toda la vida. Quizás por eso alguien bajito y no especialmente agraciado físicamente como Humphrey Bogart quedó en nuestra memoria como un maestro de la seducción y por eso seguramente como tal lo tuvo Woody Allen al escribir el guión de su película Play It Again, Sam (estrenada en España como Sueños de un seductor). En esa película se cuenta la historia de un cinéfilo divorciado que imagina cómo Bogart se le aparece y le da consejos para ser un buen seductor.

Actores seductores

Lo que Allen hacía con Bogart en Sueños de un seductor es la constatación del éxito de un fenómeno que la cultura del espectáculo ha acabado por imponer y que no es otra cosa que la de asociar la figura del seductor con la de algunos actores que, bien sea por un determinado papel representado en una película, bien por un acreditado currículum de conquistas en su vida personal, han quedado grabados en la memoria de los espectadores como maestros de seducción.

¿Nombres? Muchos: de Rodolfo Valentino a Paul Newman, de Cary Grant a Sean Connery, desde Clark Gable a Ashotn Kutcher, de Robert Redford a George Clooney, de Marlon Brando a Steve McQueen. Éste último, por ejemplo, incluso llegó a ganarse el apodo de “King of cool”.

Claro que el mérito de todos estos conquistadores no puede compararse al de una maestro de seducción como Casanova. Todos estos nombres pertenecen a hombres que pertenecen a una nueva Aristocracia: la de los rostros publicitados orbi et orbe gracias al cine. Todos estos hombres cuentan en su haber con el glamour de la fama y, en la mayor parte de los casos, con el de un notable atractivo físico. Por decirlo de algún modo: estos maestros de la seducción empiezan la partida de la conquista con las cartas marcadas. Y así es más fácil ganar. ¿Cómo no van a seducir la media sonrisa y los ojos azules de Paul Newman?

Nosotros, aprendices de seductor que no hemos nacido con la planta de Cary Grant, con el atractivo un poco gamberro de Marlon Brando ni con los ojos de Paul Newman, preferimos fijarnos en otros maestros de seducción como pueden ser los escritores Jack London y Albert Camus (que, más allá de su matrimonio, mantenía relaciones con tres amantes), el pintor y escultor Pablo Ruiz “Picasso” (que se basaba en su poder como comunicador para seducir a las mujeres) o el compositor Franz Liszt.

Betsy Prioleau, autora de la obra Los grandes seductores y porqué las mujeres se enamoran de ellos, editado por la editorial Lumen, destaca en dicha obra como Liszt fundamentaba todo su éxito como seductor (y lo fue mucho) en su prestigio como músico, en su habilidad en el trato social y en una capacidad innata para saltarse toda convención.

Betsy Prioleau analiza en su ensayo por qué grandes seductores como los citados u otros como Jack Nicholson, Gary Cooper, Mick Jagger o Warren Beatty lo son. Asomarse a esta de Prioleau puede ser una buena manera de aprender de los grandes maestros de la seducción.


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