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Persuadir para conquistar

Conquistar es, en cierta manera, persuadir, es decir: conseguir con argumentos y razones que una persona actúe o piense de una manera determinada. No en vano, entre los sinónimos que los diccionarios nos proponen para el verbo persuadir figuran el convencer, el inducir, el atraer, el incitar y, por supuesto, el seducir.

En este artículo vamos a destacar los cuatro pilares sobre los que se sostiene el acto de la persuasión. Quien desee convertirse en un gran persuasor (condición prácticamente indispensable para ser un gran seductor), deberá poseer, ejercitar y desarrollar las cuatro facultades de las que vamos a hablar en este artículo.

Para ser un gran persuasor hay que ser, primeramente, consistente. ¿En qué consiste, cuando de persuasión se habla, el ser consistente? En primer lugar, en estar seguro de lo que se ofrece al otro. Es decir: en poseer un grado de confianza en uno mismo suficiente como para considerar que nos estamos ofreciendo como un buen producto. Aunque el lenguaje empleado en la frase anterior puede parecer un poco mercantilista hay que entender que, en el fondo, en el fondo, lo que estamos haciendo al intentar seducir a una persona es intentar vendernos y, en definitiva, intentar que esa persona, precisamente ésa, nos compre. Para ello, debemos bucear en nuestro pasado y saber qué experiencias de las que hemos vivido nos han servido para hacernos únicos y para desarrollar en nosotros aspectos de personalidad positivos y que puedan resultar atractivos para esa persona.

En segundo lugar, el ser consistentes implica poseer una gran coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. No contradecirse y seguir una misma línea de acción es fundamental a la hora de intentar persuadir a una persona. ¿Quiere eso decir que nunca se debe rectificar? No, ni mucho menos. La cabezonería porque sí no es una buena política. Si hay que rectificar, se rectifica, pero siempre, eso sí, dejando claro por qué y justificando la rectificación con argumentos de peso. Para no ser incoherente con la persona a la que queremos persuadir o seducir sólo hay un camino: el de la honestidad con esa persona.

Flexibilidad e inteligencia social

El segundo pilar sobre el que se debe sostener la persuasión es el de la flexibilidad. El gran persuasor es, siempre, una persona que, además de consistente, es flexible. ¿Qué queremos decir con eso? Que la persuasión, como acto de comunicación que en el fondo es, debe ser contemplado y concebido como una especie de negociación y la negociación sólo es fructífera y positiva cuando las dos partes que participan en ella ceden en parte. La imposición no es, nunca, una negociación. En la negociación no existen vencedores ni vencidos. La negociación que resulta fructífera es aquélla que puede entenderse como una victoria conjunta.

Un ejemplo de demostración de flexibilidad sería el siguiente: Entendiendo que la otra persona puede necesitar sus plazos, que esos plazos no tienen por qué ser iguales a los nuestros y, sobre todo, concediéndoselos, conseguiremos aumentar la confianza de esa persona en nosotros, lo que siempre resultará positivo para alcanzar nuestro objetivo final de seducir a esa persona. Para aceptar ese alargamiento de plazos, claro, deberemos aplicar una virtud que acostumbra a dar muchos frutos, también en el terreno de la seducción: la paciencia.

Para ser persuasivos necesitamos, también, poseer lo que se conoce como inteligencia social. Dentro de lo que llamamos inteligencia social podríamos incluir diversos factores. El ingenio sería uno de ellos. El sentido del humor, otro. Dentro de la inteligencia social podríamos incluir también la cultura general y la comunicación emocional. Todos esos factores, combinados, nos convertirán en una persona atractiva, una persona con la que se deseará establecer un tipo de relación que en principio no tiene por qué poseer carácter sexual alguno pero que con el tiempo puede ir adquiriendo tintes de algo más carnal.

El saber comunicarse (ya lo hemos visto en otros artículos de este blog) es fundamental cuando se desea conquistar, seducir o persuadir a alguien. Buscar buenos temas de conversación resulta, en este sentido, fundamental. Por eso es importante poseer una mínima cultura general que nos permita mantener una conversación mínimamente interesante. ¿Un consejo? Evitar, hasta que no exista un mayor conocimiento mutuo con la persona a la que deseamos conquistar, temas que puedan resultar conflictivos. ¿Qué temas son ésos? Los que suelen afectar de manera más o menos directa a las creencias más íntimas de las personas. Es decir: religión y política.

El cuarto pilar sobre el que debe sostener su actuación toda persona que desee persuadir a otra (y el seductor es, ya lo hemos visto, un persuasor prototípico) es el pilar de la observación. Saber observar a la otra persona, saber analizarla y saber distinguir qué es lo que la hace única resulta fundamental a la hora de obtener los réditos deseados de nuestra estrategia de seducción. Mediante la observación de la persona a la que deseamos persuadir podremos saber cuáles son los intereses de esa persona y qué necesita para sentirse bien. Por regla general, las personas necesitamos sentirnos valoradas y deseamos divertirnos y sentirnos deseadas.

En resumen: si somos personas consistentes, flexibles, observadoras y poseemos un nivel razonable de inteligencia social podremos ser personas persuasivas y, por ello, seductoras. Así, para convertirnos en mejores seductores deberemos ejercitar y potenciar los cuatro factores que hemos destacado en este artículo de ObjetivoLigar. Y cruzar los dedos porque, como hemos visto en otros artículos de este blog, no existe una fórmula matemática e infalible para ligar. El azar, el maravilloso y a veces terrible azar, también interviene en esos mecanismos de los que venimos hablando aquí semana tras semana.


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