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Mariposas en el estómago

Se suele hablar de mariposas en el estómago cuando se habla de las sensaciones que delatan la presencia revolucionaria y transformadora de eso que llamamos enamoramiento. Una sensación extraña, sin duda, la de ese revoloteo u hormigueo que enraíza en ese órgano, el estómago, que parece estar dotado de unos cien millones de neuronas. Como siempre que hablamos de sensibilidad sabemos que son ellas, las neuronas, las que llevan esas sensaciones al cerebro pero… ¿de dónde brotan dichas sensaciones? ¿Qué las origina? Fundamentalmente, el aumento de niveles de adrenalina y cortisol, dos hormonas que el cuerpo suele también segregar cuando nuestro cerebro percibe alguna amenaza. La percepción de esa amenaza hace que nuestro sistema nervioso active nuestras glándulas suprarrenales, que son las que liberan las hormonas indicadas anteriormente. Ese mismo proceso corporal es el que tiene lugar en nuestro organismo cuando, en la fase del enamoramiento, sentimos cerca de nosotros a la persona amada.

Pero, ¿y si no notamos esas mariposas en el estómago? Después de todo, cada persona tiene una sensibilidad distinta. En ese caso, ¿cómo puedes saberse que se está enamorado de una chica? ¿Qué puede delatar el hecho de que nos guste de verdad? ¿Qué factores deben cumplirse para que esa chica, precisamente ésa y no ninguna otra, se convierta en objetivo prioritario de nuestras maniobras de seducción?

Una dulce obsesión

Seguramente la primera señal que nos indica que nos hemos enamorado de una chica determinada sea la presencia continua de esa chica en nuestro pensamiento. El enamoramiento, en el fondo, tiene algo de obsesivo. Damos vueltas y más vueltas a una imagen, a una palabra que se nos dijo, a un mohín, a un rostro. Parece como si, de repente, esa chica a la que hace apenas dos semanas no conocíamos se hubiera convertido en el eje central y absoluto de nuestra vida y sin la que esa vida parece no tener posibilidad de existir.

Las obsesiones del enamoramiento pueden llegar a trastocar toda nuestra visión de la realidad. Alguna canción de algún cantautor lo dice. Que se pierden las proporciones. Que el fiero se vuelve corderillo. Que el viejo rejuvenece hasta hacerse niño. Que el que nunca ha salido de su barrio proclama a los cuatro vientos que la cajera del súper es la mujer más bonita del mundo. Cosas como éstas dice ese cantautor cuando habla de lo que es estar enamorado y de lo que es, en definitiva, el enamoramiento.

Y es que el enamoramiento es eso y también otras cosas. Por ejemplo: sentirse inquietamente celoso cuando pensamos en la posibilidad de que otro chico pueda quedar con ella. O ponerse a pensar de golpe y porrazo en años futuros, en pisos compartidos, en posibles hijos, en anillos de compromiso…

Si te sucede algo de todo esto, no hay que llamarse a engaños: el ligar no es ni puede ser, para ti, un juego. Si el enamoramiento anda por en medio, enmarañándolo todo, el ligar será para ti un asunto de vida y muerte. Por eso no hay que ejercer de seductor a la ligera en estos casos. Y hay que andar con pies de plomo. No hay que precipitarse pero tampoco hay que dejar que el tiempo vaya pasando y la declaración de amor no tenga lugar. Busca el hueco para hacerla, el momento propicio para decir lo que sientas. Y cruza los dedos.

Los riesgos del enamoramiento

Cuando decimos que cruces los dedos queremos decir que los cruces en sentido doble. En primer lugar, crúzalos para que su respuesta sea positiva y, en segundo lugar, para que, una vez dado el sí, la relación recién estrenada te resulte provechosa o, cuanto menos, no dañina.

¿Qué queremos decir con ello? Que la relación entre dos personas es siempre una experiencia maravillosa cuando el amor media entre ellas, pero también que el desamor llegado durante la fase del enamoramiento puede llegar a ser muy doloroso. Y es que la sensibilidad del enamorado está a flor de piel y, a flor de piel, todo puede causar más dolor.

El miedo a ese dolor de la separación no debe, sin embargo, justificar cualquier sumisión a los caprichos de la otra persona. A veces sucede: por miedo a perder una relación se asumen unas reglas de comportamiento internas de la pareja que no acaban de satisfacer ni de hacer feliz a uno de sus miembros. Si tú eres ese miembro, intenta poner todo lo que puedas poner de tu parte para revertir la situación. Si, por ejemplo, te sientes asfixiado por la actitud controladora de una mujer que apenas te deja un margen de libertad o de espacio para respirar, sobreponte al influjo de tu enamoramiento y mantén una charla con ella. Expón tu punto de vista. Deja clara tu posición.

En este caso que te exponemos (y con el que pretendemos simplemente señalar uno de los riesgos de los que ese estado especial de percepción de la realidad al que llamamos enamoramiento puede ser culpable) pueden suceder dos cosas. Una: que ella comprenda tus sensaciones y sentimientos y haga firme propósito de variar su actitud. Y dos: que ella no comparta tus sensaciones y decida poner fin a la incipiente relación. No la llores en demasía: no era la mujer de tu vida.

Otro de los riesgos que se pueden correr en esta fase de enamoramiento es el dejarse embriagar por la aturdidora sensación de felicidad y, de buenas a primeras, se quieran quemar etapas a velocidad de crucero. Irse a vivir juntos cuanto antes o casarse cuanto antes puede ser uno de los efectos colaterales de esa ensoñación de felicidad derivada de un enamoramiento más o menos correspondido.

En este sentido, nuestro consejo siempre se centrará en la prudencia. No corras. No te precipites. Analiza bien tus sentimientos. Analiza fríamente tu relación. Inventaría lo que das y lo que recibes. Haz un cálculo aproximado de tus ratios de satisfacción. Si todo ello es positivo, entonces sí, no lo dudes más. Como dice alguna canción: “si el amor llama a tu puerta, ábrele, no te entretengas”. Y procura ser feliz. Al menos relativamente. Después de todo, la felicidad, para ser verdadera, tiene que ser relativa. La completa es una utopía.


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