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Brenda nos presenta este artículo.

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Modos de seducir

Hoy es relativamente sencillo. O muy sencillo. Ni siquiera hace falta salir de casa. En ocasiones basta con saber moverse por el etéreo espacio de lo virtual. Basta con registrarse en una web de contacto y esperar nuestra oportunidad. Saber crear un perfil atractivo, saber escribir un primer mensaje de contacto, saber conversar con alguien de quien sólo sabes aquello que esa persona ha querido exponer en público… ésas son las asignaturas que debemos aprobar en el actual arte de la seducción si deseamos que alguien fije un mínimo de atención en nosotros.

Pero no siempre ha sido así. No siempre los mecanismos de la seducción han sido los mismos. No siempre se han empleado los mismos trucos para seducir a una mujer. De hecho, hasta podemos encontrar mecanismos diversos dentro de una misma época. Cada clase social tiene, de alguna manera, sus mecanismos de seducción propios. Hay mecanismos o lenguajes de la seducción y el flirteo que sólo son válidos en un determinado momento histórico y para ligar única y exclusivamente dentro de una determinada clase social. Fuera de ese momento histórico y del ambiente propio de esa clase social, esos mecanismos de seducción o comportamientos de flirteo pierden completamente su efectividad y pueden llegar a convertirse, en cierto modo, en algo especialmente ridículo. Por ejemplo: ¿quién utilizaría ahora un abanico para enviar señales de amor o desamor, de interés o desinterés, de atracción o de rechazo? Y sin embargo hubo un tiempo en que se hizo. Lo sabemos por las novelas y las películas “de época” que hemos leído o hemos visto en cine o en televisión. En ellas vemos salones cortesanos en los que las damas se sirven del abanico para enviar mensajes subliminales a los hombres que las cortejan. En ellas vemos cómo la marquesa de turno flirtea con el duque que la requiebra y, con el abanico, da respuesta a las proposiciones de él o realiza sus propias proposiciones.

Y es que el abanico servía para algo más que para abanicarse. De hecho, existía un lenguaje del abanico, un código hecho de movimientos, posiciones, etc. Conocer ahora ese lenguaje no nos sirve, sin duda, para ligar; pero nunca viene mal el conocer cómo han funcionado los mecanismos de la seducción a lo largo de los siglos. Ello nos proporcionará el bagaje cultural suficiente para saber de qué hablamos cuando hablamos del arte de la seducción.

Breve historia del abanico

El abanico es uno de esos objetos que ha acompañado desde siempre al hombre. Ya lo usaron egipcios, persas, babilónicos, griegos y romanos. Para espantar a las moscas, para remover el aire o para mitigar el calor, el abanico fue un instrumento habitual en todas esas culturas. También lo fue en las culturas orientales. Se usaba en China y se usaba en Japón, donde se creó el primer abanico plegable. Fue de aquellas tierras de donde los portugueses trajeron el abanico a Europa.

El abanico tuvo su esplendor en el continente europeo durante los reinados de Luis XIV y Luis XV. En la fabricación de los abanicos de las cortesanas y damas de la aristocracia de la época se utilizaban piedras preciosas, oro y otros materiales de lujo para adornarlos. Las varillas de los abanicos, por su parte, se fabricaban con nácar, plata, oro, marfil y otros materiales.

El siglo de consagración del abanico y su uso fue el siglo XVIII. En aquella época existían abanicos para usos muy diversos: para los lutos, para las bodas, para usar en el jardín o para usar en los salones de la alta sociedad. Hasta llegaron a crearse abanicos que, dotados de espejitos incrustados en ellos, permitían a quienes los utilizaban “espiar” discretamente.

Si alguien consiguió crear absolutas obras de arte fabricando abanicos ése fue Eugenio Prost, un artesano francés que se instaló en España bajo la protección del conde de Floridablanca. Eugenio Prost fue el máximo productor de abanicos de todo Occidente. En la actualidad, los principales centros de producción de abanicos son dos: Aldaya (un municipio valenciano) y la escuela- taller de abanicos de Cádiz.

Fue la expansión del abanico la que hizo que éste adquiriera una importante presencia en múltiples lugares. Al principio, incluso, era un instrumento “sin género”, es decir, que era utilizado tanto por hombres como por mujeres. Éstas, que no gozaban apenas de libertad de expresión (al menos en ciertos círculos sociales), encontraron en él un instrumento de gran ayuda para comunicarse. Fueron ellas, pues, las que crearon lo que podríamos llamar el lenguaje del abanico.

Gestos con el abanico y su significado

El lenguaje del abanico era un lenguaje formado a partir de tres variables: movimiento, posición y colocación del propio abanico. Dependiendo del sentimiento que se quería expresar, así se colocaba y movía el abanico. Algunos de los gestos con significado más conocido del lenguaje del abanico son los siguientes:

  • Abanicarse rápidamente: “estoy prometida”.
  • Abanicarse lentamente: “soy una mujer casada y siento indiferencia hacia ti”.
  • Cerrar despacio el abanico: “sí”.
  • Cerrar rápidamente el abanico: “no”.
  • Abrir despacio el abanico: “espérame”.
  • Abrir y cerrar rápidamente: “ojo, estoy comprometida”.
  • Dejar caer el abanico: “soy tuya”.
  • Contar las varillas del abanico o pasar los dedos por ellas: “me gustaría hablar contigo”.
  • Cubrirse del sol: “apártate de aquí, eres muy feo, no me gustas nada”.
  • Apoyar el abanico sobre la mejilla derecha: “sí”.
  • Apoyar el abanico sobre la mejilla izquierda: “no”
  • Dar el abanico a la madre (si está al lado): “vete, se acabó, no tienes opciones, no te las doy”.
  • Golpear un objeto con el abanico: “me impaciento”. La impaciencia podía ser una buena o una mala señal. El contexto determinaría el signo positivo o negativo de la misma.
  • Golpear con el abanico, cerrado, sobre la mano izquierda: “escríbeme”.
  • Sujetar el abanico abierto con las dos manos: “es mejor que me olvides”.
  • Cubrirse la cara con el abanico abierto: “sígueme cuando me vaya”.
  • Apoyar el abanico a medio abrir sobre los labios: “puedes besarme”.
  • Pasar el abanico por la mejilla: “estoy casada”.
  • Deslizar el abanico sobre los ojos: “te imploro que te vayas”.
  • Mover al abanico con la mano izquierda: “nos observan”.
  • Arrojar el abanico con la mano: “te odio”.

Hoy en día el uso del abanico no está tan generalizado como hace apenas tres décadas. No hay lugar público ahora que no disponga de un buen sistema de aire acondicionado y eso hace que las reuniones “sociales” puedan mantenerse sin que las mujeres que participan en ellas experimenten la necesidad de echar mano a este humilde y al mismo tiempo sofisticado instrumento que es el abanico para con él aliviar los rigores de la canícula estival. Sin embargo, de tanto en tanto, siempre puedes encontrar a una joven que, por postureo o por verdadera necesidad, use un abanico en un ámbito público. Si eso te pasa, no intentes interpretar lo que esa chica hace con el abanico. Lo más probable es que la chica en cuestión no conozca el lenguaje del abanico. Eso sí: el que tú conozcas lo que te hemos contado aquí siempre puede servirte para iniciar una conversación. Y el empezar una conversación siempre puede ser una puerta abierta a un futuro en el que se llegue a mayores.


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