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La hora de la verdad

La decisión no es fácil. Has triunfado. Has seducido a la mujer que te habías planteado seducir desde la que la viste en aquella fiesta que había organizado un amigo común. Te ha costado, sí, pero lo has conseguido. Después de todo, los consejos de Objetivo Ligar no eran tan tontos como parecían. A ti, al menos, te han servido para conseguir lo que deseabas. Ahora esa chica forma parte de tus rutinas diarias y tú estás a gusto con ella. Os divertís juntos, no importa si es acudiendo a un estreno teatral, paseando por el parque, cenando en un McDonald’s o, incluso, recorriendo la calle principal de vuestra ciudad, esa avenida tan llena de tiendas en las que invariablemente y con incansable tenacidad ella decide entrar aunque sólo para echar un vistazo.

Debes reconocerlo: nunca antes hubieras soportado tanto "¿qué te parece este color?", tanto "mira qué monada de bikini" o tanto "¿no crees que esta blusa me quedaría que ni pintada con el pantalón que el otro día compramos en Mango?" Y es que las cosas son como son, no tienen vuelta de hoja. Y la cosa es que ahora, por un extraño motivo o por un extraño sentimiento al que te niegas de momento a poner nombre alguno, cada vez sientes más la necesidad de pasar más tiempo con esa chica a la que has seducido. ¿Quiere eso decir que debes, como se decía antiguamente, pedir su mano? ¿Quiere eso decir que debes proponerle matrimonio o ese sucedáneo postmoderno que consiste en irse a vivir juntos compartiendo alquiler o hipoteca y, en un breve plazo de tiempo, hijos? ¿Quiere eso decir que debes iniciar con ella una relación estable? No necesariamente.

Algunas claves para saber si pedir o no una relación estable

Para atinar en la respuesta a la pregunta anterior y no dar un paso (o varios) del que luego debas arrepentirte es necesario tener varios aspectos muy claros.

El primero de ellos es que, al iniciar una relación estable, hay algo que hay que tener muy presente: la necesidad de anteponer la propia felicidad a todo. Uno debe sentirse a gusto con la propia vida, no buscar a alguien para que nos arregle lo que de ella no acaba de gustarnos. Sólo de ese modo se podrá dar lo mejor de uno mismo. El amor propio y la autoconfianza son los pilares fundamentales de esa sensación consistente en sentirse a gusto con la propia vida. Es precisamente eso, nuestra maravillosa vida, lo que debemos ofrecer al otro cuando le proponemos iniciar una relación estable. Intentar que sea el otro el encargado de elevar los límites de calidad de nuestra vida es hacer depender nuestra felicidad de ese otro. Es decir: es establecer con él no una relación bidireccional de igual a igual, sino una relación de dependencia hacia él. Y ninguna dependencia es buena. Tampoco la emocional.

Otro aspecto a tener en cuenta antes de dar el paso de pedir una relación estable son las necesidades sexuales de cada uno de los miembros de la pareja. La libido de cada persona es una cuestión muy personal. No importa que algún estudio diga que para que una pareja funcione bien basta con que hagan el amor una vez por semana. Para algunas personas, esto ya será mucho hacer el amor. Otras, sin embargo, quedarán claramente insatisfechas si se ven condenadas a sólo tener sexo una vez cada siete días. Lógicamente, esas dos personas no están llamadas a formar lo que podríamos llamar una pareja perfecta. ¿Cómo se podría afinar en este aspecto a la hora de decidir si se pide o no una relación estable? De la única manera que puede hacerse: hablando. Con sinceridad, claro. La sinceridad y la comunicación (¿cuántas veces lo hemos dicho en esta sección?) son fundamentales para que una relación estable pueda salir bien.

Un tercer aspecto a tener en cuenta antes de embarcarse en la proposición de mantener una relación estable es hasta qué punto la pareja es capaz de compartir la experiencia de ver una película romántica juntos y dialogar sobre ella extrayendo conclusiones e ideas que, contrastadas con la vida diaria de la pareja y su situación, puedan ayudar a enriquecerla y mejorarla.

El cuarto aspecto, fundamental si dos personas se están planteando la posibilidad de dar un paso adelante y convertir su relación en una más prototípica relación estable, es plantearse qué papel deben desempeñar los hijos en dicha relación. ¿Deben existir? ¿Se debe renunciar a ellos? ¿Se comparte la idea de considerar que los hijos no deben ser nunca un imperativo para la relación?

Hay que tener en cuenta que los hijos no tienen por qué tener un efecto positivo sobre la pareja en sí. Es más: hay estudios que apuntan a que el efecto de la llegada de los hijos a una pareja estable sólo puede ser de dos tipos, o neutro o negativo. Los hijos no son juguetes que puedes dejar aparcados en un momento determinado. Cuando son pequeños hay que estar continuamente pendientes de ellos. Y eso cansa. Y desgasta. Y estresa. Y puede llegar a originar conflictos con la pareja. Por eso hay que aclarar cuanto antes el tema de los hijos. La convivencia puede convertirse en una utopía si uno de los miembros de lo que pretende ser una pareja estable no desea tenerlos y el otro ha convertido precisamente el tener hijos en uno de sus principales proyectos y aspiraciones vitales.

Si te estás planteando pedir matrimonio o su sucedáneo a esa chica a la que finalmente conseguiste seducir intenta dar respuesta a todas estas preguntas y conocer la opinión de esa chica. Eso reducirá la posibilidad de que el aterrizaje tras volar por el cielo de los sueños se parezca demasiado a un castañazo.


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